El observatorio de París, del que en 2017 se cumple el 350 aniversario, es el centro de investigación astronómica más antiguo del mundo aún en uso, un enclave que hizo grandes aportaciones a la mecánica celeste y a la astrofísica, que contribuyó al nacimiento de nuevas disciplinas, como la geodesia, y que está íntimamente vinculado al sistema métrico que utilizamos en la actualidad.

Entre el boulevard Arago y la rue Cassini, en cuyo número 6 residió Honoré de Balzac, se alza el Observatorio de París. Una estatua de Urbain Leverrier recibe al visitante que se acerca hasta aquí. Aunque no está incluido en las rutas turísticas habituales de la Ciudad de la Luz, una visita al Observatorio de París dejará un recuerdo inolvidable en los aficionados a la astronomía. Las visitas deben concertarse con varios meses de antelación y tienen aforo limitado. Son tantos los descubrimientos que se han realizado entre estas paredes que uno acaba recorriendo las salas con el respeto reverencial que merece un lugar sagrado en la historia de la ciencia.

Estatua de Urbain Leverrier a la entrada al Observatorio de París. Foto: © Paco Bellido
Estatua de Urbain Leverrier a la entrada al Observatorio de París. Foto: © Paco Bellido

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Las conjunciones planetarias son un bonito espectáculo natural que se repite periódicamente. En ocasiones los planetas pueden llegar a estar muy cerca en el cielo, un efecto de perspectiva desde nuestro punto de vista terrestre. Del 12 al 14 de noviembre de 2017 podremos ver el encuentro de Venus y Júpiter al amanecer, unos tres cuartos de hora antes de la salida del Sol. Los dos planetas más brillantes del cielo nocturno han estado separados por unos 17 minutos de arco, algo así como la mitad del diámetro aparente de la Luna llena. En el encuentro del día 14 además de Venus y Júpiter podrán verse Marte y la Luna por encima de la conjunción.

Así se ha visto desde Córdoba, sobre el Puente Romano de la ciudad, incluido en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO con la Torre de la Calahorra de fondo, justo en el momento en que los planetas estaban más cerca. A las 7:05 horas de la mañana.

Conjunción Venus-Júpiter sobre el Puente Romano de Córdoba. 13 de noviembre de 2017. Foto: © Paco Bellido
Conjunción Venus-Júpiter sobre el Puente Romano de Córdoba. 13 de noviembre de 2017. Foto: © Paco Bellido
Conjunción Venus-Júpiter sobre el Puente Romano de Córdoba. 13 de noviembre de 2017. Foto: © Paco Bellido
Conjunción Venus-Júpiter sobre el Puente Romano de Córdoba. 13 de noviembre de 2017. Foto: © Paco Bellido
Conjunción Venus-Júpiter sobre el Puente Romano de Córdoba. 13 de noviembre de 2017. Foto: © Paco Bellido
Conjunción Venus-Júpiter sobre el Puente Romano de Córdoba. 13 de noviembre de 2017. Foto: © Paco Bellido
Conjunción Venus-Júpiter sobre el Puente Romano de Córdoba. 13 de noviembre de 2017. Foto: © Paco Bellido
Conjunción Venus-Júpiter sobre el Puente Romano de Córdoba. 13 de noviembre de 2017. Foto: © Paco Bellido

A mediados del siglo XIX dos países se disputaban la supremacía en la fabricación de telescopios: los alemanes habían conseguido grandes logros con los refractores, los británicos por su parte apostaban por el reflector. William Herschel, un inglés nacido en Alemania, construyó un enorme reflector de 49,5 pulgadas (125 cm) sin rival en su época.

Pero fue un aficionado irlandés, William Parsons, quien llevando la aperturitis hasta extremos insospechados, construyó el mayor telescopio del mundo: el Leviatán de Parsonstown.

La localidad de Birr en County Offaly está situada casi en el centro geográfico de Irlanda. En la actualidad cuenta con 3.600 habitantes y en sus calles se pueden ver preciosas casas de estilo georgiano. Aquí reside desde 1620 la familia Parsons, condes de Rosse, motivo por el que la ciudad fue conocida durante mucho tiempo como Parsonstown.

Entrada al Castillo de Birr. Foto: © Paco Bellido
Entrada al Castillo de Birr. Foto: © Paco Bellido

El castillo de Birr no se puede visitar, sigue siendo una residencia privada, hoy por hoy es propiedad de William Clere Leonard Brendan Parsons, séptimo conde de Rosse, nacido en 1936. El actual conde ha creado un pequeño museo en el castillo y ha restaurado el telescopio de su tatarabuelo. La visita permite acceder a los jardines de la finca, al telescopio y al museo, que exhibe una interesante colección de instrumental científico.

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En Franeker se conserva el planetario mecánico más antiguo del mundo todavía en funcionamiento, el sueño hecho realidad del cardador de lana Eise Eisinga, autodidacta aficionado a la astronomía

Planetario de Eise Eisinga. Fotografía: © Lola Vázquez
Planetario de Eise Eisinga. Fotografía: © Lola Vázquez

El Planetario de Franeker

Hace algunos años, mi buen amigo Rafael Enríquez me habló de un planetario mecánico situado al norte de los Países Bajos. Después de haberlo visitado, me sorprende que no sea un lugar mucho más conocido entre los aficionados a la Astronomía. Sin duda, se trata de uno de los museos más bonitos de Europa para los amantes del cielo.

A 125 km de Ámsterdam y 20 km de Leeuwarden, capital de la provincia neerlandesa de Frisia, se encuentra Franeker, una localidad de 13.000 habitantes vinculada históricamente a la Astronomía por dos razones. La más reciente es la de ser la ciudad natal de Jan Hendrik Oort, famoso por sus estudios de la Vía Láctea y por dar nombre a la región del Sistema Solar de donde proceden los cometas: la nube de Oort, zona remota y helada en los confines de nuestro vecindario cósmico cuya existencia postuló correctamente por primera vez el astrónomo estonio Ernst Öpik. Pero quien ya había puesto a Franeker por derecho propio en la historia de la Astronomía fue Eise Eisinga (1744-1828), un cardador de lana que construyó en su propia casa un modelo mecánico del Sistema Solar que todavía, más de dos siglos después, sigue funcionando a la perfección sin cambios importantes.

Retrato de Eise Eisinga pintado por Willem Bartel van der Kooi en 1827. Fotografía: © Lola Vázquez
Retrato de Eise Eisinga pintado por Willem Bartel van der Kooi en 1827. Fotografía: © Lola Vázquez

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Cuenta la leyenda que el magistrado de Estrasburgo mandó cegar al relojero para evitar que pudiera hacer una obra semejante en otro lugar. Aunque esta historia es un relato sin ninguna base, nos da idea de la maravilla técnica y artística que sigue congregando a miles de visitantes cada año en la catedral de Nuestra Señora de Estrasburgo.

La catedral de Estrasburgo

En pleno corazón de esta hermosa localidad alsaciana se alza la catedral de Notre Dame, incluida junto al centro histórico de la ciudad en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1988. El templo está consagrado al culto católico de la Virgen María, restablecido desde finales del siglo XVII tras el periodo de culto protestante iniciado en el siglo XVI. Aunque tras el fin de la segunda guerra mundial la ciudad se ha convertido en símbolo de la reconciliación francoalemana y en un importante centro institucional de la Unión Europea, Estrasburgo ha pasado de manos alemanas a francesas y viceversa varias veces a lo largo de su historia.

El templo gótico se construyó entre 1176 y 1439. La fachada resulta impresionante, sobre todo cuando se accede desde la calle Mercière. El pórtico central está dedicado a la Pasión de Cristo y está decorado con escenas de los testamentos. La escultura de la Virgen con el Niño del parteluz recuerda la advocación mariana a la que se dedica la catedral.

Pórtico central de la catedral de Estrasburgo. © Lola Vázquez
Pórtico central de la catedral de Estrasburgo. © Lola Vázquez

En el pórtico norte, a la izquierda del frontispicio, se muestra el triunfo de la virtud sobre el vicio. Más interesante para el aficionado a la astronomía es el portal sur. Además de la representación de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias, encontramos imágenes de los signos zodiacales y las escenas correspondientes a las labores del campo en cada mes.

Representación de signos zodiacales bajo cada estatua. Foto: © Lola Vázquez
Representación de signos zodiacales bajo cada estatua. Foto: © Lola Vázquez

Otra curiosidad astronómica la encontramos en el interior. En una vidriera del lado sur, junto al pie de Judas hay un vitral que permite el paso de la luz. Un rayo de sol que solo durante los equinoccios se proyecta sobre el Crucificado del magnífico púlpito de estilo gótico flamígero creado por Hans Hammer entre 1484 y 1486. Pero la auténtica joya astronómica se encuentra en el brazo sur del crucero, a la derecha del altar mayor.

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En una época en que las cámaras planetarias permiten registrar detalles que antes solo estaban al alcance de observatorios profesionales, llaman la atención las ilustraciones del aficionado francés Étienne Léopold Trouvelot.

Étienne Trouvelot nace en Aisne, al norte de Francia, en 1827. Sus inclinaciones republicanas le hacen volcarse en la política durante su juventud. Poco después del golpe de estado de Luis Napoleón de diciembre de 1851, decide trasladarse con su familia a Estados Unidos en busca de asilo político. En el nuevo país de acogida será recordado, sobre todo, por haber provocado un desastre medioambiental cuyas consecuencias todavía perduran. En efecto, Trouvelot era un gran aficionado a la entomología y se ganaba la vida con la cría de gusanos de seda. En esa época las polillas productoras de seda estaban desapareciendo en Estados Unidos a causa de diversas plagas. Por ello, Trouvelot importó desde Europa huevos de polilla gitana (Lymantria dispar), en un intento por hibridar las dos especies y conseguir una larva que fuera resistente a las plagas y, al mismo tiempo, capaz de producir seda de calidad. La polilla gitana terminó por escapar de la zona delimitada para los experimentos. A pesar de los avisos, las autoridades no fueron conscientes del peligro hasta que fue demasiado tarde. Los intentos por acabar con la especie invasora en Estados Unidos han sido infructuosos y actualmente los daños en los cultivos ascienden a varios cientos de millones de euros cada año.

Tras el incidente, Trouvelot perdió el interés en la entomología y dedicó sus esfuerzos a la astronomía. Parece ser que retomó la afición después de contemplar varias auroras boreales en 1870.

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La aurora boreal dibujada por Étienne Trouvelot. Crédito: University of Michigan Library

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